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LA ESCUELA NORMAL DE SANTIAGO DE LOS CABALLEROS

domingo, 14 de octubre de 2012

Por Jesús Méndez Jiminián


 La apertura de la Escuela Normal, en Santiago, y su posterior puesta en funcionamiento recibió muy poco respaldo del pueblo y las autoridades de entonces en esa ciudad. El empeño puesto de manifiesto, primero por el General Luperón, y después por el Padre Meriño desde la Presidencia de la República, al parecer no logró calar en el seno de la sociedad de la localidad cibaeña.

 Durante la sesión del día 10 de diciembre de 1880, que contó con la participación de la mayoría de los miembros del Honorable Ayuntamiento de Santiago, compuesta por los ciudadanos J. Jiménez, que se desempeñaba como presidente interino, don Teófilo Cordero, F. Augusto González, Ulises Francisco Bidó, Onofre de Lora y Julio J. Julia, acompañados del síndico J. Alejandro González y del secretario municipal J. de J. Álvarez participaron, además del señor Casimiro Nemesio de Moya, en su calidad de Ministro en Comisión del Gobierno y el Gobernador de la provincia de Santiago Miguel A. Pichardo. 

 De Moya participaba con la expresa intención y bajo la voluntad del entonces presidente Meriño, para hacer saber el empeño que “tiene el gobierno de establecer la Escuela Normal en esta ciudad”. Sin embargo, pese a lo largo de su conversación y el énfasis puesto en el objetivo central, por las autoridades municipales, posteriormente se cometieron errores de relevancia que pusieron en peligro, y ulteriormente sepultaron la idea hostosiana, de poner en marcha esta verdadera revolución educativa en la ciudad corazón. 

 ¿Cuáles fueron esos errores cometidos?

 En primer lugar, las autoridades de Santiago tenían mucho empeño en la buena marcha del Colegio Central Municipal, que entonces era como una especie de competencia educativa para la Escuela Normal. Amén, de que sus programas educativos eran similares, y los profesores de la Normal eran prácticamente los mismos que los del Colegio Municipal. 

 Otro punto conflictivo era, que se estaba produciendo la renuncia de algunos profesores del Colegio Central Municipal para tener exclusividad en la Escuela Normal. Y lo peor aún era que, la Normal estaba alojada en la misma edificación del Colegio Central Municipal. Es decir, esto era una especie de fusión que en breve tiempo creó un cierto malestar.

 Las anteriores situaciones, unidas a la precariedad económica con que se desenvolvía la municipalidad provocaron una de dos: o que desapareciera, como luego sucedió, la Escuela Normal, o que fuese el Colegio Central Municipal. Lo cierto es, que el director de la Escuela Normal, de nacionalidad venezolana, y desconocido en Santiago, por entonces, el abogado y educador León Lameda, fue sintiéndose impotente ante el ahogo económico que tuvo la Escuela Normal, donde los materiales educativos provistos por el gobierno para dotar dicha institución no llegaban, amén, de la apatía de la ciudadanía para inscribirse en ella, pronto la hicieron desaparecer. Al doctor Lameda no le quedó más remedio que presentar su renuncia ante el Ministro de Instrucción, señor Eliseo Grullón. 

 El proyecto de la Escuela Normal en Santiago de los Caballeros duró pocos meses. Sucumbió a mediados del año de 1881, es decir, en el transcurso del primer año del gobierno del Padre Meriño; y esto no fue producto, como se ha querido vender, de posiciones encontradas en términos de visión educativa entre Hostos y el Padre Meriño. No.

 La Normal en Santiago de los Caballeros fracasó producto de ciertos celos manifestados por sectores de la sociedad santiaguera unida a los errores, hasta cierto punto, infantiles, cometidos por las autoridades de entonces, y la situación económica prevaleciente por aquellos días. Vino luego el gobierno de Ulises Heureaux y la enemistad de Hostos con Lilís castró su desarrollo, y al ilustre educador puertorriqueño no le quedó otro camino que autoexiliarse durante más de una década en Chile. Así las cosas.

 El autor es escritor, ingeniero, miembro de la Cátedra “José Martí” de la UASD y de la Real Sociedad de Historiadores.

¿DEBE LA IGLESIA CATÓLICA SEGUIR ACOGIENDO LOS RESTOS DE LILÍS?


Por Jesús Méndez Jiminián 


 “El amor a la Patria nos hizo contraer compromisos sagrados para con la generación venidera; necesario es cumplirlos, o renunciar a la idea de aparecer ante el tribunal de la Historia con el honor de hombres libres, fieles y perseverantes.” - Juan Pablo Duarte


Ulises Heuareux Lilís
  El pasado 17 de septiembre del presente año, apareció en la página 18 del prestigioso periódico vespertino y gratuito de Santiago de los Caballeros, Voz Diaria, Año 2, Número 356, un trabajo calzado con la firma del señor Luis Ramos, en Puerto Plata, cuyo titulo decía: “EN PUERTO PLATA QUIEREN LOS RESTOS DE LILÍS”

 En los detalles del escrito en cuestión, el autor copia textualmente unos argumentos planteados por el director del periódico digital puertoplateño, “PUERTO PLATA HABLA”, licenciado Manuel Emilio Gilbert, donde explica “sus razones” para que los despojos mortales del dictador Ulises Heureaux Lilís, sean trasladados desde la catedral Santiago Apóstol, donde se encuentran hoy, hasta la ciudad de Puerto Plata; y una vez allí, sean colocados en la catedral San Felipe o … un mausoleo que se levante en la necrópolis de su pueblo.Veamos ahora algunos datos sobre el personaje en cuestión. 

Imagen del futuro dictador
Una de las consideraciones que expone el licenciado Gilbert, citado en el aludido trabajo por el señor Luis Ramos, para tales propósitos, es que el dictador Lilis (1845-1899) participó y luchó “a las ordenes del general Gregorio Luperón” en la Guerra Restauradora, obteniendo de dicha campaña el grado de Alférez, “rango con el que formó parte del Estado Mayor del adalid de la Restauración”. Todo eso es muy cierto. Incluso, hay algo más: el propio general Luperón al enjuiciar luego la figura de su antiguo protegido al que acogió como un hijo, señaló de él, que “Fue uno de los más valientes guerrilleros de la Compañía del valiente Capitán Severo Gómez, en Maluis, cuya compañía servía de exploradora y de vanguardia en el sitio heroico de que con sublime bravura sostuvieron dos años contra la Fortaleza. Allí fue herido” Lilís en uno de los combates. (Ver “Notas Autobiográficas y apuntes históricos” del general Gregorio Luperón, Tomo III, página 385). 

 Más adelante, dice el propio general Luperón en estas mismas “Notas Autobiográficas y apuntes históricos” sobre Lilís, esto que copiamos: “Perseguido después por el salvaje General Miguel Lovera, como Gobernador de Báez en Puerto Plata, Heureaux se embarcó y se fue a las Islas Turcas a reunirse …(con Luperón, n. de j.m.j.). Acogido como hijo por Luperón, fue colocado en su Estado Mayor, donde cultivó su clara inteligencia, instruyéndose prácticamente en todos los conocimientos militares”. (p.386). Y en verdad, Lilís, fue astuto, inteligente, sagaz, fabulador, embaucador, simulador; y también logró convertirse luego en un cruel y sanguinario asesino. 

 Asimismo, “para fines del año 1865, a la caída del Presidente Buenaventura Báez, vino (Lilís, n. de j.m.j.) a la Capital- dice Víctor M. de Castro-, acompañando al Gral. Luperón, como Teniente de su Estado Mayor” (Véase “Cosas se Lilís” del citado autor, p.10). 

De Castro luego comenta, que cuando el Presidente Cabral nombró a Luperón como Gobernador de Puerto Plata, éste hizo a Lilís su Secretario particular y “lo ascendió a Capitán” (p.12). Así, en 1867, Lilís, fue promovido por el propio Luperón a “Comandante y designado Jefe del Batallón San Felipe, a la cabeza del cual salía a combatir las fuerzas baecistas que al mando del Gral. Dionisio Troncoso insurreccionaban aquella región”. (Ibíd). 

 Pero hay más. A la caída del gobierno del General Cabral (enero de 1868), Luperón y Lilís junto a otros compañeros, se fueron “a los campos del Sur, año 1869, a combatir al lado del Gral. Cabral, la cuarta Presidencia de Báez, campaña que duró seis años” (1868-1873). Precisamente, en uno de los combates de este periodo, escenificado en el Sur del país, Lilís recibió una herida que puso su vida en peligro; salvó milagrosamente, obteniendo el rango de General de Brigada. 

 Con la llegada al poder de Ignacio María González (noviembre de 1873), Lilís se traslada con Luperón a Puerto Plata sin ocupar cargo alguno, hasta la llegada a la Presidencia del gran patriota santiagués Don Ulises Francisco Espaillat, (abril de 1876), que lo designa en su gobierno de apenas seis meses como Comandante de Armas de la plaza de Puerto Plata.

 Con la caída del gobierno de Espaillat, Lilís se dirige a acompañar al general Luperón a Saint Thomas, y desde allí pasa luego a Juana Méndez, Haití, donde sobrevive montando un negocito o pulpería. Recibió en este lugar un balazo que le “inutilizó el brazo derecho”, dice de Castro en su obra “Cosas de Lilís”, (p.14). Encontrándose en Haití, Lilís recibe a Damián Báez, hermano de Buenaventura Báez, y acuerda con éste que no le hará a su gobierno (el de su hermano, Buenaventura Báez, 1876-1878) campaña revolucionaria. Tiempo después, Báez es echado del poder y sustituido por González (marzo-mayo, 1878), gobierno que dura apenas 56 días, al ser sacado por las fuerzas de Cesáreo Guillermo, en mayo de 1878.

 LILÍS, EL MINISTRO

 Lilís en este nuevo escenario se alía a las tropas del general Memé Cáceres en el Cibao, y logran derrocar a Guillermo (mayo-julio 1878), quien lo había designado, en 1879, Delegado del Gobierno en el Cibao. Ocurre aquí la primera señal de un Lilís traicionero y ambicioso, aventurero y taimado; con sed de gloria y poder, capaz de hacer cuanto sea necesario para conseguir sus objetivos y propósitos sin importar los medios.

 Con la llegada del general Luperón al poder, en 1879, Lilís es designado Ministro de Guerra y Delegado Especial. Sin embargo, el gobierno del prócer puertoplateño seria breve. En 1880, el Partido Nacional o Azul de Luperón continúa en el poder llevando a la Presidencia de la República al Padre Meriño (1880-1882), quien nombra a Lilís como Ministro de lo Interior y Policía, por recomendaciones del propio Luperón, su líder, mentor y guía. 

 “En este puesto-dice Rufino Martínez, en su obra “Hombres Dominicanos” – emplea (Lilís, n. de j. m.j.) hábilmente las argucias que desde años anteriores desplegara con ánimo de conocer en los compañeros y en los contrincantes el lado flaco y vulnerable (algo que luego veremos, quiso experimentar con Luperón, y logró hasta cierto punto, n. de j.m.j.). Es decir, -continúa Martínez señalando –que del trato y conocimiento de individuos de poca significación, pasaba al trato y conocimiento de la gente de cuenta (…) Esta apreciación le valió para los fines personales, muy ajenos a los del partido; pues para ello lo más imprescindible era saber qué políticas le convenía tener de su parte, ya porque pudiesen ser émulos formidables, ya porque en algún sentido le pudieron servir de peana”. (pp.83-84). 

 Ocupando la posición de Ministro de lo Interior y Policía, Lilís, se dirigió en persona hacia el Este del país a sofocar un movimiento insurreccional liderado por el general Cesáreo Guillermo, y estando en el frente de un combate en la loma del Cibao recibió un balazo que le atravesó el pescuezo. “Uno de los generales que dirigían las columnas de vanguardia, viéndole allí tendido sin señales de vida, exclamó: se fuñó el negro. Era servidor suyo en campaña, un haitiano listo y entendido en la cura de heridas mediante hojas y zumos. Tan pronto alcanzó a ver al amo tendido y sangrando acudió a él… y le sacudía con ambas manos la cabeza. El herido volvió (…) A la media hora se incorporó, y requiriendo su sable avanzó hacia los compañeros, que fueron sorprendidos con un ¡pa’ lante muchachos! del que daban ya muerto. Terminada la acción fatalmente para los rencionarías, fue inútil pedir indulto para ellos. Se cumplio la ley, y ejecutaron” hasta un cuñado de Lilís. (p.84-85).


 MERIÑO SE OPONE A LILÍS 


 Lilís se hacia más grande, y pese a las negativas del Padre Meriño para que Lilís le sucediera en la Presidencia de la República (1882-1884), Luperón lo propuso y apoyó para tales fines. Dice el puertoplateño Rufino Martínez en su citada obra, que en este periodo, Lilís, fue “un gobernante ejemplar”, para aquellas circunstancias. Más aún, el propio general Luperón al proponerlo como candidato de los azules, señaló de Lilís lo que a continuación copiamos: “Hoy como ayer, lo repito: si no quiere ver otra vez la anarquía en la República, concentren sus votos a un candidato. Para mi, sólo hay en este momento un hombre, que tiene todo el mérito necesario, el tacto, la energía, la firmeza, que ama a la patria y su partido y que puede gobernar el país: ese hombre es el valiente y patriota general Ulises Heureaux”. (p. 85).

 Al comentar una de las anécdotas de Lilís, en su obra “Cosas de Lilís”, de Castro dice que ante la pretensión de un amigo suyo para que lo colocara en un puesto en aduanas, Lilís le dijo en forma jocosa lo siguiente: “No, mi amigo, yo no le nombro Interventor de Aduanas, por que Ud. hace gritar la gallina al desplumarla”. (p. 42).
El Presidente Lilís rodeado rodeado de algunos 
de sus mas cercanos colaboradores. 
 LILÍS: EL POLÍTICO Y SANGUINARIO 


 Todos conocemos las argucias de Lilís para volver al poder nuevamente; y sobre todo, las artimañas bajo las que se impuso para alzarse con el poder en 1886, comprando voluntades, persiguiendo y asesinando a sus contrarios. Es muy elegante el argumento del periodista Gilbert cuando compara a Santana, que no es santo de mi devoción, con Heureaux, de quien dice que en su natal Puerto Plata, “no hay nada que recuerde su memoria”. Y aquí cabe preguntarnos: ¿Cómo lo van a recordar los puertoplateños, y el país en general, si hasta al propio Luperón fue capaz de engañar Lilís? 

 Luperón, en sus “Notas Autobiográficas” comenta el hecho, de que en la primera administración de Heureaux, según informes que él recibiera de un oficial haitiano, el entonces presidente haitiano Salomón, le obsequio 50 mil pesos oro americanos “para que hiciera triunfar su candidatura” (p.387) y que Heureaux permitió entonces la penetración de haitianos a territorio dominicano, irrespetando así convecciones y tratados.


 No es cierto, licenciado Gilbert, que en este país haya un pueblo con el nombre de Pedro Santana. Hay uno en el Este, en la provincia de San Pedro de Macorís, y es con el nombre de Ramón Santana, el hermano gemelo del caudillo de Las Carreras.



El Presidente Heureaux en el acto de inauguración del
 ferrocarril Santiago-Puerto Plata en agosto de 1897.

 ¿PUEDE LILÍS “RECIBIR UN TRATO MÁS JUSTO DE LA POSTERIDAD”? 

 Veamos lo que dice el propio Luperón de Lilís en sus “Notas Autobiográficas”, licenciado Gilbert: “Es hombre dotado de tacto militar, con brazo de héroe, pero con el corazón intransigente y el espíritu pervertido, esparciendo tenebrosas sombras sobre el brillo de sus hechos gloriosos” ¿Conoce usted, licenciado Gilbert el llamado “Código de Lilís” o “Código de la muerte”

 Ya vimos en las anotaciones anteriores “los hechos gloriosos” de Lilís, que Luperón, carente de toda mezquindad es capaz de hacernos conocer con elegancia y humildad. Ahora bien, ¿Cuáles son esas tenebrosas sombras que opacan el brillo de la figura de Lilís, según el propio Luperón?


 Al parecer son muchas, licenciado Gilbert. Le empezaré a recordar, licenciado Gilbert, que el propio Luperón en sus “Notas Autobiográficas” llama a Lilís, hombre de “…insaciable y funesta ambición de mando”, que “sin fijarse en la ineficacia de los crímenes, ni en la irregularidad de las formas, ni en lo horrible de las súplicas, ni siquiera sobre la cuenta que la posteridad pedirá a su memoria, - como hoy se la pido yo -, creyendo que la audacia y la fuerza justifican las faltas y las injusticias, por lo que teme inmolar la libertad de un pueblo a su maligno capricho y asesinar por odio y envidia, a centenares de sus compatriotas”. (Tomo III, pp. 386-387)


 Oigan bien, licenciado Gilbert y señor Ramos, no lo digo yo, lo dice el general Luperón: Lilís asesinó “a centenares de compatriotas” durante su dictadura.


 Más aún, en 1888, para Lilís alzarse con el poder nuevamente, actuó con felonía hacia el general Luperón. En la ocasión le dijo Luperón a Lilís, que era éste: “Enemigo del mérito ajeno, hinchado de vanidad y de odio, la sed de oro y de sangre, lo ha endurecido hasta el extremo de arrastrar con crueldad a la nación como a una turba, a aplaudir sus crímenes y sus iniquidades, mientras que acusa a los verdugos que emplea y engaña a las victimas por él sacrificadas”. (p. 389). 



 Y más adelante dice el general Luperón de Lilís: “Su mayor designio es gobernar siempre a la nación de voluntad o por fuerza, y poco le importa saber la opinión que se forme de él, ni lo que el destino reserve a su monstruoso predominio. Y, aunque el espíritu nacional de un país no perece nunca y hay que esperar mejores gobernantes en el porvenir, tenemos que confesar – dice Luperón – que ningún gobierno fue más horrible y criminal para su patria, ni más funesto para la historia de esta. 

 Sí, el gobierno de Heureaux es el cúmulo de todos los crimines que degradan la República y mancillan sus glorias. (…) La Historia se encargará de decir lo demás de la vida política de este malhechor de Estado, que subyuga la nación, y abate y humilla a sus compatriotas”. (p.390). 

 LAS ARGUCIAS DE LILÍS PARA ENGAÑAR A LUPERÓN


 Encontrándose el general Luperón en París, en 1887, donde había ido a recuperar su salud por recomendaciones médicas, recibió allí varias cartas de Lilís “suplicándole aceptar la representación de su gobierno en Europa”. (p.242 en “Notas Autobiográficas”, Tomo III). Luperón rehusó aceptar tal propuesta. Pero antes, “Heureaux había escrito al Doctor Betances a París en el sentido de que Luperón conviniera en presentar su candidatura en las próximas elecciones, mientras él, Heureaux, se ocupaba con el Congreso en cambiar la ley del sufragio universal…” (p.243).

 Lilís le envió al general Luperón, una vez este llegó a Puerto Plata varios emisarios suyos para que aceptara. Incluso, Lilís viajó desde Santo Domingo a Puerto Plata en varias ocasiones a entrevistarse con su jefe con tal de convencerlo. Pero nada valió. Luperón lanzó en Puerto Plata, el 8 de julio de 1888, un “Manifiesto” a todos sus conciudadanos para que fuese discutido,- que de seguro le cayo como una bomba a Lilís- y entre otras cosas, decía lo siguiente:


 “El gobierno no debe ser el de un partido, sino el de todos los dominicanos, y para una buena administración del Estado, todos los partidos tienen perfecto derecho a tomar parte en las funciones y puestos públicos. Solamente entonces sus luchas serán pacíficas en el terreno de la Constitución. Cualquiera que sea la mayoría que haya llevado los gobernantes al poder, ellos no han de olvidar que las opiniones de las minorías no deben ser desatendidas, sino respetadas, consideradas y discutidas de buena fe. Ese respeto lo deben plenamente los jefes de Estado y todos los que tienen la honra de servir a la nación. Asimismo se le deben al pueblo, a sus legítimos derechos, a sus intereses, a su cultura, a su honra, a su bienestar, a su progreso y a su paz; y además, le deben el ejemplo de justicia, de patriotismo, de honradez, virtudes republicanas y democráticas” (pp.249-250). 


 Y al final, decía el noble y grande General:


 “Es deber de los gobernantes esmerarse en labrar la felicidad de todos los habitantes de la República, en la familia y en la patria.



 Los buenos gobiernos son aquellos que hacen dignos, instruidos y felices al mayor número posible de ciudadanos. Así, no hay gloria superior para un gobernante, al terminar su mandato, que la de dejar a sus conciudadanos la paz, la civilización, la prosperidad y la libertad”. (p.250). 

 En aquellos días de reflexión para el enaltecido General, Pedro Francisco Bonó, el Padre Meriño y Manuel de Js. Galván le expresan su solidaridad; y entre ellos, Meriño, en fecha 28 de julio de 1888, le ponía en aviso, lo siguiente sobre las artimañas de Lilís: 

 “Ya Lilís está definido y acepta su reelección y tiene en su apoyo el elemento oficial que, sin duda alguna, ejerce en la Republica la influencia más eficaz. 

 Supongo- le dice Meriño- que cuando Ud. se decidió a presentar su candidatura, creyó contar con la cooperación de aquel, por lo mismo que ni era prudente que Ud. se lanzase exponiendo su capital político al azar, luchando con tal oposición; ni tampoco le traía a Ud. honra eso de tener que discutirle o disputarle a él el puesto de la Presidencia; ni mucho menos debía Ud. confiar en la mayor parte de los hombres del día, más dispuestos a correr tras el deshonor, los unos por su provecho personal y los otros por opocamiento de ánimo, que a elevarse por el respecto a su propio decoro. Y puesto, que las cosas no se presentarán como Ud. quizás se lo imaginaba, paréceme vale la pena reflexionar”. (pp.251-252). 


 LILÍS ESPERA DINERO PARA COMPRAR VOLUNTADES

 ¿Cuáles circunstancias se produjeron entonces en el país? 
Veamos: Lilís recibió las buenas nuevas de que las gestiones de un nuevo empréstito, en Holanda, con los banqueros Westendorp y Mathieu, ya estaba acordado, por la suma de “cinco millones de pesos en libras esterlinas”. Sin embargo, Lilís jugaba al tiempo a la espera del dinero, mientras aquí “engatusaba” a Luperón haciéndole firmar en fecha 3 de septiembre de 1888, en Puerto Plata, un acuerdo que luego Lilís incumplió bajo el infeliz alegato de que “sus amigos le exigían que presentara su candidatura otra vez”. (p.254).

 Se lanzó entonces Lilís, dice Luperón “Con todos sus mandarines a conquistar a la fuerza y por todos los medios más incomodos y arbitrarios, prosélitos para alcanzar su reelección. El dinero se daba a chorros, como que no era propio, sino del Estado. Entonces se vio-añade Luperón- más que en los tiempos de González, una corrupción espantosa”. (p.257). 

 El general Luperón ante tan vergonzosa y asquerosa acción, optó por renunciar a la candidatura, pues, Lilís junto a sus acólitos, se dieron a la tarea de perseguir a todos los miembros de los comités que trabajaban en apoyo a Luperón. Es más, protegidos de Luperón, en Puerto lata, como el general Federico Lithgow, que ustedes deben conocer la historia señores Ramos y Gilbert, “se vendió secretamente al general Heureaux por una suma de dinero y un Ministerio” (p.265) como luego ocurrió. Este Lithgow era nada más y nada menos que “un agente y espía” de Lilís al lado de Luperón. Todos los documentos importantes del general Luperón, Lithgow se los enviaba a Lilís; y les decía por lo bajo a los partidarios de Luperón en el Este y el Sur que “había renunciado a su candidatura” para la Presidencia.

 Pero, por otro lado lo que quería Lilís era simular una guerra civil en el país, para quedarse con una buena parte del empréstito en cuestión, alegando que tal suma había sido erogada por su gobierno para “sofocar revoluciones”. Con otro general, Manuel María Almonte, quien también apoyaba a Luperón, pero que era “amigo del dinero”, y Lilís lo sabia, éste le llegó a decir en una ocasión: “General aquí tiene Ud. quinientos pesos; hágase neutral, y cuando pasen las elecciones le daré a usted otros quinientos”. A partir de aquel día, Almonte le dijo a Luperón que ya no estaba con su candidatura. ¡Se le vendió también por unos pesos más!  

Licenciado Guilbert, como podrá ver, Lilís fue capaz de todo, hasta de engañar a su padre espiritual y guía revolucionario. Decía el legendario guerrillero argentino Ernesto-Ché-Guevara que los traidores sólo merecen una cosa: ser fusilados. El patricio Juan Pablo Duarte lo decía con estas palabras: “Mientras no se escarmienten a los traidores como se debe, los buenos y verdaderos dominicanos serán siempre victimas de sus maquinaciones”. 


 ALGUNAS ANOTACIONES FINALES

 Luperón no se equivocó al pintarnos el país que teníamos licenciado Gilbert, en los años 90 del siglo XIX, donde la engrasada maquinaria lilisista lo controlaba todo:

 “Hoy-decía Luperón-…vemos al país dominado por una oligarquía violenta, que no podrá ser estable por su tiranía, y a la cual todos los partidos tienen que pedir estrecha cuenta, por sus injustos atropellos, por sus horrorosos asesinatos, por la deshonra nacional, por la ruina de la patria que languidece en la profunda oscuridad de un gobierno despótico y absoluto”. (p.32).

 Y al enjuiciar a Lilís en estos años, en sus “Notas Autobiográficas” el noble general restaurador dice:“(…) el salvaje general Heureaux, hace mil veces peor que uno y el otro (al referirse a Santana y a Báez, n. de j.m.j.) para acabar con el país y para cumplir su deseo de bárbara venganza, como descendiente que es de Haití. No tiene este forajido más móvil que el amor maldito del poder, del oro y la supeditación de todos los derechos”.

 Ante tan dramáticas palabras del prócer Luperón, de su pueblo, Puerto Plata, licenciado Gilbert, y ante tantas verdades históricas de los hechos en lo que actuó su coterráneo Lilís, cabría entonces preguntarnos: En Puerto Plata, ¿Quiénes quieren los despojos mortales del dictador Lilís? 

 No se equivocaba Luperón cuando decía de Lilís, que “La historia se encargará de decir lo demás de la vida política de este malhechor de Estado”. Lilís fue más sanguinario que Santana, que Báez y posiblemente hasta que el propio Trujillo. No creo que en el “amado pueblo” suyo quieran venerar las cenizas de un déspota tan cruel y bárbaro como Lilís. Pero si aparece alguien más, además de usted, licenciado Gilbert, favor de hacerlo saber al pueblo dominicano. Ya muy bien lo dijo José Martí: “La Patria es agonía y deber”. Pues, no creo que la Iglesia Católica dominicana deba continuar albergando en sus recintos una figura tan bárbara y abominable como Lilís, para hacerle juego a su pálida frase, señores Gilbert y Ramos, de que “O jugamos todos o se rompe la baraja”.


Vista interior de la remodelada Catedral de Santiago, donde 
descansan los restos de Lilis. Foto cortesia del Autor.

Lugar  donde se encuentran en la Catedral de Santiago
 los restos de Lilis. Foto cortesia del autor.



Santiago de los Caballeros, R.D.
25 de septiembre de 2012.

El autor es ingeniero, escritor, miembro de la “Cátedra José Martí” y de la Real Sociedad de Historiadores.