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MARTÍ Y LA ESTATUA DE LA LIBERTAD

miércoles, 24 de julio de 2013


Por Jesús Méndez Jiminián

“El alma humana es paz, luz y pureza; sencilla en los vestidos, buscando el cielo por su natural morada. Los cintos le queman; desdeña las coronas que esconden la frente; ama la desnudes, símbolo de la naturaleza; para en la luz de donde fue nacida”. ~  José Martí (1853-1895)


A mis amigos del Centro de Estudios Martianos en La Habana, y de la UNESCO, regados por el mundo.

            El 1 de enero de 1887 el periódico La Nación de Buenos Aires, Argentina, publicó un extenso trabajo de José Martí que se titula “Fiestas de la Estatua de la Libertad”.

Monumento en honor a José Martí  en NY
En sus notas introductorias, Martí hacía una breve, pero bien lograda conceptualización del sentido de la libertad; y, entre otras palabras, señalaba estas: “iTienes razón, libertad, en revelarte al mundo en un día oscuro, porque aun no puedes estar satisfecha de ti misma! Y tú, corazón sin fiesta, canta la fiesta!”. Invocaba en estas líneas Martí, el grandioso día en que la cuidad de Nueva York se vistió de gala para celebrar con mucha alegría y desbordante entusiasmo, y en el que él fue partícipe también, de la inauguración oficial de la Estatua de la Libertad, obra colosal realizada por el destacado escultor francés Federico Augusto Bartholdi, en los años 80 del siglo XIX.    

            En su crónica impregnada de hermosos detalles, Martí nos comenta: “Ayer fue, día 28 de octubre (1886), cuando los Estados Unidos aceptaron solemnemente la  Estatua de la Libertad que les ha regalado el pueblo de Francia, en memoria del 4 de julio de 1776, en que declararon su independencia de Inglaterra, ganada con la ayuda de sangre francesa. Estaba áspero el día -dice-, el aire ceniciento, lodosas las calles, la llovizna terca; pero pocas veces ha sido tan vivo el júbilo del hombre”. (p.760, en “José Martí en los Estados Unidos. Periodismo de 1881 a 1892”).

            A propósito de esto último que indica Martí en su crónica, es necesario hacer un poco de historia, para saber cómo se produce la entrega y la llegada de la Estatua de la Libertad al pueblo estadounidense por parte de Francia. Así cómo algunos detalles de su construcción, por el escultor Bartholdi, y la participación en ella de otras personalidades.

Auguste Bartholdi (1834-1904
            Iniciamos señalando que: “La historia de la Estatua de la Libertad comienza en la primavera de 1871, en Versalles, en el salón de un hombre de letras, Edovard Laboulaye (jurista y político francés, 1811-1883, n. de j.m.j.),donde se hallaban reunidas varias personalidades entre ellas el escultor alsaciano Auguste Bartholdi (1834-1904) que acababa de conquistar la celebridad por su famoso  “León de Belfort” (…) la conversación, que recaía sobre el tema de la libertad de los pueblos y la valiente energía con que los americanos, ayudados por La Fayette (José  María, 1757-1833, que tomó parte en la guerra de independencia de los EE.UU, n. de j.m.j.), habían podido conquistar la suya, Laboulaye expuso la idea de que Francia debería de ofrecer a los Estados Unidos, con ocasión del … centenario de su independencia (1876) una inmensa estatua que simbolizase de manera grandiosa el ideal de la libertad”. (Véase la revista cubana “Carteles” de 1953, en un trabajo de Jacques Riols, traducido al español por Julián Iglesias, p.46).

            Sin embargo, ya antes “En 1870 Bartholdi talló el primer esbozo en terracota y un modelo que no sirvió, que actualmente se encuentra en el Museo de las Bellas Artes de Lyon, Francia” de lo que sería aquella majestuosa estatua, hoy símbolo de la cuidad de Nueva York y del pueblo norteamericano.


            Bartholdi, por mediación de la Unión   Francocoamericana, en Francia, se trasladó en 1871 a los Estados Unidos, haciendo un recorrido durante varias semanas por diferentes lugares, a fin de ubicar el sitio adecuado, para instalar finalmente su monumental obra, en territorio norteamericano. El 18 de julio de ese año se reunió con el entonces Presidente Ulises S. Grant, en Nueva York, donde definitivamente instalaría la estatua, decidiéndose por la isla de Bedloe, posteriormente llamada “isla de la Libertad” (1956). A su retorno a Francia, presentó en poco tiempo a la Unión, la maqueta de la estatua.

DETALLES SOBRE LA COLOSAL ESTATUA
           
            Debemos de recordar, que pasó la fecha del 4 de julio de 1876 y Bartholdi no pudo cumplir sus deseos, sino diez años más tarde; es decir, el 28 de octubre de 1886, cuando se realizó el acto oficial para dejar formalmente inaugurada la estatua, y del que luego comentaremos.

“Las distintas partes de la estatua fueron terminadas en Francia en julio de 1884. La estatua recibió entonces múltiples visitas, como la del presidente de la república francesa Jules Grévy y el escritor Víctor Hugo. El desmontaje comenzó en enero de 1885.”

La estatua emerge imponente en el taller de Barthtoldi.1885.
            Las piezas de la estatua eran 350, repartidas en unas 214 cajas, que recorrieron el río Sena desde el taller de Bartholdi, pero que antes fueron llevadas en tren hasta llegar al puerto francés de Havre, desde donde finalmente partieron para Nueva York, a donde llegaron el 17 de junio de 1886.

            Para la terminación de la escultura, en Francia, durante el año 1875 se hicieron donaciones por un monto de 400,000 francos, que aportaron unos 100 mil donantes; pero el presupuesto final de la obra llegó a ¡un millón de francos!

            Bartholdi buscó ayuda en el ingeniero francés Alexandre Gustave Eiffel (1832-1923), quien diseñó la estructura en cobre de la estatua. Las piezas en ese material, fueron realizadas en los talleres de la empresa “Gabet, Gautier et Cie”, en Francia, en 1878. Las planchas de cobre fueron donadas por el señor Pierre-Eugene Secrétari; y los trabajos de precisión estuvieron a cargo del ingeniero Maurice Koechlin, amigo del ingeniero Eiffel.

Existen diversas hipótesis de los historiadores sobre el modelo que pudo haberse utilizado para determinar la cara de la estatua, aunque ninguna de ellas es realmente definitiva hasta el momento. Entre las posibles inspiraciones para la cara de la estatua se encuentra Isabella Eugenie Boyer, viuda del inventor millonario Isaac Singer”, famoso por su invento de la máquina de coser.

            Otras fuentes, señalan que Bartholdi se inspiró en el rostro de su madre, la señora Charlotte Bartholdi (1801-1891); dicho  sea de paso, esta es la hipótesis, al parecer, más aceptada.

            Hubo un acuerdo entre Francia y los Estados Unidos, en lo que respecta a la famosa estatua; y consistió, en que: el segundo país se encargaría de la realización y el costo del monumento que sirve hoy de base a la estatua, mientras que el primero, como también ocurrió, se encargaría de la escultura y de su posterior ensamblaje y embarque. La patente para la construcción de la estatua, fue entregada a Bartholdi el 18 de febrero de 1879, en los Estados Unidos.

            Como ya sabemos, “La estatua representa a una mujer en posición vertical, vestida con una especie de estola amplia y en su cabeza tiene una corona con siete picos, que simbolizan los siete continentes  y los siete mares”. En la mano derecha, la estatua tiene una antorcha encendida levantada por todo lo alto, para remitirnos al siglo llamado “de las luces”, o sea, al siglo XIX; “en su mano izquierda sostiene una tablilla que tiene grabada y firmada la Declaración de Independencia Norteamericana, escrita en número romanos: July IV MDCCLXXVI”. La llama de la antorcha que sostiene en su mano derecha está cubierta con láminas de oro.

            La altura de la estatua, según datos que hemos obtenido, es de 46 metros, alcanzando cerca de los 93 metros desde el suelo hasta la antorcha. La cabeza, desde el mentón hasta el cráneo tiene 5.26 m., y su ancho es de 3.05m.; la longitud del brazo derecho es de 12.80m., y su ancho es de 3.66m.

              Como dato curioso, y que de seguro los lectores se preguntarán, el número de visitantes a este monumento ha ido en ascenso. Actualmente lo visitan entre 4 y 5 millones de personas por año. “El 5 de octubre de 1924, la estatua fue declarada como monumento nacional de los Estados Unidos, y el 15 de octubre de 1965 se añadió la isla de Ellis” a su ubicación. En 1984, la UNESCO, con sede en Paris, declaró este monumento como Patrimonio de la Humanidad, convirtiéndose en símbolo de los Estados Unidos y representando en “un plano más general, la libertad  y emancipación con respecto a la opresión”.

MARTI Y LA FIESTA INAUGURAL

            Como ya dijimos anteriormente, Martí fue un testigo presencial de aquella espléndida y regia inauguración de la estatua, el 28 de octubre de 1886, en Nueva York. Él, más tarde escribiría de aquella memorable fiesta, estas palabras: “Grandes festividades marcaron (pese a que, como  bien señaló él en su crónica, la llovizna de aquel día sobre Manhattan no deslució los actos de, n. de j.m.j.) la inauguración oficial de la Estatua (…). Un imponente desfile recorrió –anota-las calles de Manhattan y Wall Street, donde se había elevado un inmenso arco de triunfo. Un millón de personas asistieron, desde lejos, sobre los muelles de Nueva York  a la ceremonia de inauguración…, en presencia del Presidente (Grover) Cleveland (1837-1908) (del que Martí observó, que  tenía ¨estilo de médula, acento sincero y voz simpática, clara y robusta¨, n. de j.m.j.), de los miembros del gobierno americano y de una importante delegación francesa. Después de un discurso de Fernando de Lesseps (1805-1894) diplomático (y administrador) francés (que hizo construir el canal de Suez e inició el de Panamá, n. de j.m.j.), Evarts (senador de Nueva York, del que Martí apuntó que hablaba con ¨noble lenguaje y superior sentido¨, n.de j.m.j.) tomó la palabra…¨. El escultor Bartholdi, que se hallaba ¨ubicado en la parte más alta de la estatua, descubrió la misma, que estaba cubierta en una inmensa bandera tricolor¨. (p.48).

Ocurrió algo jocoso en aquel histórico acto, y fue que ¨Bartholdi- y lo observó también Martí en sí crónica-al no escuchar ya la voz del senador (Evarts, n. de j.m.j.), creyó que el discurso había terminado, y dejó caer la bandera…formando un estruendo ensordecedor de aplausos, los silbidos de las sirenas de los barcos, las vivas frenéticas de una multitud entusiasmada, y las salvas de cañón de baterías de la costa y de los buques de guerra¨. (pp.48-49).

Martí describe lo sucedido con Bartholdi, y que llenó de frenética alegría el acto, con estas emotivas palabras: ¨Y cuando inopinadamente, en medio de su discurso (el del senador Evarts, n. de j.m.j.), creyendo llegada la hora de descorrer, como estaba previsto, el pabellón que cubría el rostro de la estatua, la escuadra, la flotilla, la cuidad rompió en un grito unánime que parecía ir subiendo por el cielo como un escudo de bronce resonante: ¡Pompa asombrosa y majestad sublime!; nunca ante altar alguno, se postró un pueblo con tanta resonancia!; los hombres pasmados de su pequeñez, se miraban al pie del pedestal, como su hubiera caído de su propia altura: el cañón a lo lejos retemblaba: en el humo los mástiles se perdían: el grito, fortalecido, cubría el aire: la estatua, allá en las nubes, aparecía como una madre inmensa¨. (p.747). Más aún, ¨La isla entera – dice Martí –      parecía un solo ser humano¨.

Se dice, que los aplausos y las salvas que siguieron a aquella acción de Bartholdi, duraron ¡¨más de un cuarto de hora¨! Bartholdi en aquel grandioso acto, se negó a pronunciar discurso alguno. Ya su acción era más que cualquier discurso. Durante toda la noche de aquel 28 de octubre de 1886, Nueva York estuvo iluminado por los fuegos artificiales, para desparramar más alegría.

Martí plasmó con mucha elegancia, en su referida crónica, aquella alegría de los neoyorquinos. ¨La emoción era gigante-escribió-. El movimiento tenía algo de cordillera de montañas. En las calles no se veía punto vacío. Los dos ríos (el Hudson River y el East River n. de j.mj.) parecían tierra firme. Los vapores, vestidos de perla por la bruma, maniobraban rueda a rueda repletos de gente. Gemía bajo su carga de transeúntes el puente de Brooklyn: Nueva York y sus suburbios, como quien está invitado a una boda, se habían levantado temprano. Y en el gentío que a paso alegre llenaba las calles no había cosa más bella, ni los trabajadores olvidados de sus penas, ni las mujeres, ni los niños, que los viejos venidos del campo,  con su corbatín y su gabán flotante, a saludar en la estatua que lo conmemora el heroico espíritu de aquel marqués de Lafayette, a quien de mozos salieron a recibir con palmas y con ramos, porque amó a Washington y lo ayudó a hacer su pueblo libre.¨(p.760).

Con mucho donaire y mágicas palabras, dice Martí luego: ¨Un grano de poesía sazona un siglo¨. El Comité pro-estatua, en los Estados Unidos, lo presidía el señor Richard Butler, quien estuvo en la tribuna en aquel memorable acto. De este Comité, dice Riols en la revista ¨Carteles¨, que no conseguía reunir ¨los 300,000 dólares necesarios¨ para hacer la base de la estatua.

Anotando algunas opiniones de la gente llana del pueblo, que se dio cita en aquel histórico acto, Martí nos ha dejado algunas. Por ejemplo, estas: ¨Francia-dijo un parroquiano-… nos regala la estatua de la libertad para que le dejemos acabar el canal de Panamá¨. (p.762). Otro ciudadano – dice Martí – indicó: ¨Sí, sí: fue Laboulaye quien inspiró a Bartholdi; en su casa nació la idea: Ve, le dijo, y propón a los Estados Unidos construir con nosotros un norteamericano soberbio en conmemoración de su independencia: sí, la estatua quiso significar la admiración de los franceses prudentes a las prácticas de la libertad americana. (Ibid). Desde aquel día, en que quedó inaugurada la colosal estatua, algunos norteamericanos la llamaron ¨the old girl¨.

Martí, haciendo gala en su maravillosa crónica de conocer datos de Bartholdi, el escultor francés de la estatua, nos dice: ¨Este creador de montes nació con alma libre en la cuidad alsaciana de Colmar que le robó luego el alemán enemigo; y la hermosura y la grandeza de la libertad tomaron a sus ojos, hechos a contemplar los colosos de Egipto, esas gigantes proporciones y majestad eminente a que la Patria sube en el espíritu de los que viven sin ella: de la esperanza de la Patria entera hizo Bartholdi su estatua soberana¨. (p.763).

Hemos sabido por Martí, que Bartholdi estuvo en Egipto durante la construcción del canal de Suez, ¨que no pudo concluir en 1869¨ y que allí entabló amistad con Fernando de Lesseps, (1805-1894) su promotor y realizador.

OTRAS ESCENAS CAPTADAS POR MARTÍ

Martí logró captar otras escenas durante aquel histórico 28 de octubre de 1886, en Nueva York. Por ejemplo, él anota esta.

¨Desde aquella tribuna juntos vieron los delegados franceses, con los prohombres de la república entorno al Presidente Cleveland, la parada de fiesta con que celebró Nueva York la inauguración de la estatua: ríos de bayonetas: miles de camisas rojas: milicianos grises, azules y verdes: una marcha de  gorros blancos en la escuadra¨. (p.764).

Y más adelante nos comenta: ¨Pasa la artillería con sus soldados de uniforme azul; la policía, con su marcha pesada; la caballería, con sus solapas amarillas: a un lado y otro las dos aceras negras. El hurra que empezaba al pie del Parque Central coreado de boca en boca, iba a morir en el estruendo de la batería. Pasan los estudiantes de Columbia, con sus gorros cuadrados; pasan en coches los veteranos, los inválidos y los jueces; pasan los negros; y redoblan las músicas, y por toda la vía los va siguiendo un himno.

Aplaude la tribuna al paso firme de la milicia elegante del 7o regimiento: va muy bella en sus capas de compañía la milicia del regimiento 22…le dan al Presidente dos cestos de flores… vuela la Marsellesa, con su clarín de oro, por toda la procesión; el Presidente con la cabeza descubierta, saluda a los pabellones desganados…, y los oficiales de la milicia francesa besan al llegar a ella el puño de su espada… entre frenéticos  saludos de las aceras, tribunas y balcones: pasan los banderines atravesados por las balas: pasan las piernas de maderas¨.(p.764).

Aquella fiesta que Martí llamó la ¨fiesta de la libertad¨, tenía aires de gran solemnidad pese a que el día estaba frío y ¨la llovizna terca¨; ¨la atmosfera oscura estaba laminada por los escudos de la soldadesca y los campanarios y los cañones, que hacían con su esplendor en el firmamento  ¨oda y sol¨.

Se erguía imponente por todos los alrededores de la colosal Estatua de la Libertad, que sonreía victoriosa y complacidamente, un mar de espectadores: ¨ ¡Allí está por fin –apuntó Martí-, sobre su pedestal más alto que las torres, grandiosa como la tempestad y amable como el cielo!... Parecía viva: el humo de los vapores la envolvía: una vaga claridad la coronaba…! Ni el Apolo de Rodas, con la urna de fuego sobre su cabeza y la saeta de la luz en la mano fue más alto! Ni el Júpiter de Fidias, todo de oro y marfil, hijo del tiempo en que aun eran mujeres los hombres¨.(p.765).

¨Como los montes-agrega Martí-, de las profundidades de la tierra ha surgido esta estatua, ¨inmensidad de idea en una inmensidad de forma, de la valiente aspiración del alma humana¨. (pp.765-766).

Aquel inolvidable 28 de octubre, la cuidad de Nueva york, quedó enloquecida y frenética. Despertó ¨resacada¨,  al día siguiente. Una nueva hija velaría por su destino y protegería su mundo; pero también lo haría por sus hijos, sus calles, sus edificios gigantescos… y pequeños, sus casas, su mar y su pueblo.

Martí quiere clausurar la fiesta. La noche llega como el relámpago; de forma poética el gran bardo y revolucionario escribe: ¨ Ríos de gente, temerosa de la torva noche, se echaron precipitados, sin respecto a la edad ni a la eminencia, sobre el angosto embarcadero. Pálidamente resonaron las músicas,  como si desmayasen la luz de la tarde¨. (p.769).

Un obispo, acota Martí, salió horas antes de la tribuna y ¨bendijo en nombre de Dios la redentora estatua¨, la de la libertad del pueblo cuyas cadenas de esclava rompía, quebraba…como lo había hecho ya Lincoln desde su presidencia.

¨Y cuando de la isla ya en altar, arrancaban en la sombra nocturna los últimos vapores, una  voz cristalina exhaló una melodía popular, que fue de buque en buque, y mientras en la distancia se estancaban en las coronas de los edificios guirnaldas de luces que enrojecían la bóveda del cielo, un canto a la vez tierno y formidable se tendió al pie de la estatua por el río, y con unión fortificada por la noche,  el pueblo entero, apiñado en las popas de los barcos, cantaba con rostro vuelto a la isla: ¡Adiós mi único amor!¨.(p.766).

Nueva Jersey, USA.
20 de marzo de 2013.

HEMINGWAY Y BOSCH: UNA AMISTAD LITERARIA Y REVOLUCIONARIA

sábado, 13 de julio de 2013



Por Jesús Méndez Jiminián 


“El sol se estaba poniendo. Para darse más confianza el viejo recordó aquella vez, cuando, en la taberna de Casablanca, había pulseado con el gran negro de Cienfuegos que era el hombre más fuerte de los muelles. Habían estado un día y una noche con sus codos sobre una raya de tiza en la mesa y los antebrazos verticales, y las manos agarradas. Cada uno trataba de bajar la mano del otro hasta la mesa. Se hicieron muchas apuestas y la gente entraba y salía del local bajo las luces de kerosenes, y él miraba al brazo y la mano del negro y a la cara del negro. Cambiaban de árbitro cada cuatro horas, después de las primeras ocho, para que los árbitros pudieran dormir”.

 Ernest Hemingway en “El Viejo y el Mar” 


¿Qué tuvieron en común Ernest Hemingway y Juan Bosch?

Hasta ahora, que sepamos, Hemingway y Bosch no se conocieron en los trabajos organizativos de la expedición armada de Cayo Confites (1947), en la que ambos participaron y cuyo propósito era llegar a tierras dominicanas desde Cuba, y derrocar a la tiranía de Rafael L. Trujillo, que en ese entonces tenía más de tres lustros.

Lo que sabemos es, que Bosch a inicios de los años 80 del siglo pasado, declaró que mantuvo una amistad fugaz con el destacado novelista norteamericana “debido  a sus paralelas ocupaciones”. Pues, como conocemos, Bosch durante su exilio en La Habana, Cuba, donde había llegado en 1939, se dedicó a tiempo completo a dos de sus grandes pasiones: la política y la literatura.


Y sobre la primera, había llegado prácticamente de manera fortuita, pues, apenas había pisado suelo cubano fue absorbido por algunos de sus compañeros de exilio en tales actividades. Ya en el campo literario tenía algunas publicaciones; y en 1938, estando en Puerto Rico había trabajado  en las obras del eximio patriota Eugenio María de Hostos y Bonilla. 

Juan Bosch 
Hemingway, por su lado, residente desde hacía pocos años entonces, en La Habana, pero no exiliado políticamente, sino por sus  constantes conflictos amorosos, estaba dedicado también a la literatura, a la vida bohemia habanera, y a los prolongados y frecuentes viajes que  realizaba como parte de sus experiencias para sus obras literarias.

Tanto Hemingway como Bosch se dedicaron al género del cuento y de la novela. Tenían ambos similares inquietudes políticas; y además, una verdadera pasión revolucionaria por cambiar el rumbo de muchas cosas del mundo en que les tocó vivir.

Hemingway y Bosch escribieron, por su lado, dos cuentos que según algunos críticos literarios guardan mucha coincidencia. El doctor Joaquín Balaguer, escritor y político dominicano, fue lejos en su apreciación respecto a los cuentos “El viejo y el mar” del laureado escritor norteamericano, y a “Rumbo al puerto de origen” de Bosch, argumentando la notable coincidencia de ambos trabajos.

El Doctor Balaguer con relación a ambos  cuentos, llegó a opinar, en una entrevista que le hicieron, lo siguiente:

Los cuentos de Bosch son cuentos de primera categoría, de primera clase. Inclusive hay algunos  de él que han sido hasta plagiados por escritores eminentes. Hay uno que fue copiado – dijo el doctor Balaguer – por el escritor norteamericano Hemingway. Una vez  - prosiguió señalando – hablaba yo con el ex - presidente de Costa Rica, Figueres, y hacíamos precisamente, alusión a la coincidencia que había entre el trabajo de Hemingway y el de Juan Bosch”.


Posteriormente, Bosch con la gran honestidad que le caracterizó durante toda su vida, negó, lo dicho por el doctor Balaguer, de que se trataba de un plagio aquello y que sólo había tal coincidencia. Y señaló, lo que a continuación copiamos:

“Me parece que la palabra justa la dijo el Dr. Balaguer - indicó Bosch -: coincidencia. Es verdad que ´El viejo y el mar´ de Ernest Hemingway tiene algo en común con mi cuento ´Rumbo al puerto de origen´ en el tema, no en el estilo; pero eso se explica porque los dos éramos pescadores, o tal vez sería mejor decir que él era un pescador de concursos internacionales donde quiera que corría el pez espada, más conocido por su nombre inglés de bluemarlin, y yo era un pescador aficionado anónimo, pero los dos pescábamos en las mismas aguas, él cerca de La Habana hacia el Este y yo también cerca pero hacia el Oeste, y en ciertas ocasiones entre Batabanó e Isla de Pinos, esto es – dice Bosch -, por la costa sur de la provincia de La Habana. Tal vez eso explique que él conociera a un pescador cubano viejo, que fue el personaje de su libro, y yo conociera a Juan de la Paz, que es el personaje de ´Rumbo al puerto de origen´; y no es nada raro que dos cubanos se parezcan en su manera de enfrentar la vida. Tampoco es nada raro que un episodio ocurrido aquí y ahora se parezca a otro ocurrido en un país lejano hace tiempo. Por ejemplo – continúa señalando Bosch -, mi cuento ´Fragata´ se parece mucho a ´Bola de Sebo´ de Guy de Maupassant, porque ´Fragata´, una  joven de La Vega que vivía frente a casa cuando yo era un niño, a quien llamaban por mal nombre no de Fragata sino de Mariguana, se parecía a la protagonista del cuento de Maupassant no sólo en que era muy gorda – en realidad, obesa – y prostituta, sino también en que tenía sentimientos muy finos. Por eso cuando se publicó ´Fragata´ en Cuba yo le puse una llamada al pie en la que decía que ese cuento era un homenaje que la vida le había hecho a Guy de Maupassant en una isla del Trópico. Por lo demás, Hemingway trabajaba sus cuentos y sus novelas muy cuidadosamente y por esa razón tardaba años en escribir  un libro, y entre la publicación de ´Rumbo al puerto de origen´ y la de ´El viejo y el mar´ no pasó tanto tiempo, lo que es un indicio para pensar que cuando salió mi cuento ya que el suyo estaba concebido y tal vez  escrito en gran parte”.

Al hacer referencia a sus relaciones amistosas con Hemingway, Bosch expresó, lo que a continuación copiamos:

Sí las mantuvimos (las relaciones de amistad, n. de j.m.j.) pero no prolongadas por dos razones; una que Hemingway viajaba mucho, sobre todo en expediciones de pezca  y de caza que lo llevaban lejos de Cuba, algunas veces hasta el África;  la otra, que era adicto al daiquirí, un trago cubano que tiene entre sus componentes el ron Bacardí, y yo no lo acompañaba en ese vicio. La mayor parte de las veces nos veíamos en un restaurant muy conocido (en la Habana, n. de j.m.j.) llamado el Floridita que estaba cerca del lugar donde yo vivía y por esa razón tenía que pasar por su acera, y si Hemingway estaba bebiendo, lo que hacía siempre de pie ante el mostrador, me llamaba y charlábamos, casi nunca de literatura sino sobre todo de amigos comunes. Cuando escribió – dice Bosch - ´El viejo y el mar´ hacía tiempo que no nos veíamos porque yo me había mudado y por tanto no tenía que pasar todos los días a medio día por las puertas del Floridita”.


El Floridita continúa dando sus servicios en La Habana; la última vez que tuve la oportunidad de estar en La Habana Vieja (2008) estuve allí. Vi al Hemingway esculpido como si estuviese “vivo” dando órdenes a los mozos, para que le trajesen otro daiquirí. ¡Ah, y algo que no podemos dejar de señalar! y es que, Hemingway cuando leía la prensa cubana o algún libro de la época, se enfurecía si alguien lo molestaba o trataba de distraerlo, y hasta los puñetazos se iba con el que interrumpía su lectura “concentrada”.

Muchas veces tuvieron los mozos el “trabajo” de intervenir para separar al gigantón Ernest Hemingway, que usualmente iba vestido de pantalón corto y poloshirt y sandalias, de algún inquilino, que en el Floridita osaba de distraer su atención. Las peleas de él con algunos parroquianos fueron muchas. ¡Y hasta botellazos! hubo, me contaron algunos mozos que todavía recuerdan al viejo Ernest.

Heminway  y Spencer Tracy en la Barra del Floridita, en 1955

Hemingway, además del Floridita, era aficionado a otros lugares muy famosos hoy día, en La Habana, por los tragos y la excelente comida que en ellos sirven, todos los cuales, tuve la dicha de visitar durante mi última estadía en La Habana. Andaba yo, pues, siguiéndole los pasos a Hemingway en sus continuas andanzas y borracheras habaneras.

Esos lugares son: La bodeguita del medio,  muy famoso también por los tragos, y donde hoy día pueden verse fotos gigantescas de Hemingway  y otras grandes figuras del arte y la literatura cubana y universal. Pero, también hay un excelente lugar en La Habana Vieja famoso por su deliciosa comida española: El Zaragozana, hoy completamente remodelado.

Hemingway, me cuentan, visitaba aquel lugar cuando tenía en Finca Vigía, su mansión en las afueras de La Habana, en San Francisco de Paula, a invitados especiales. Grandes figuras como Spencer Tracy, Humprhey Bogart, Adriana Ivancich y su familia, Fred Zinneman, entre otros, desfilaron con Hemingway por aquel lugar.

Heminway y un grupo de amigos en su Finca Vigia de Cuba

Pero, volvamos nuevamente a la relación de amistad de Hemingway y Bosch. Con relación a la figura de Hemingway, y su valoración como escritor, Bosch señaló su parecer indicando  lo siguiente:

Ernest Hemingway fue un escritor extraordinario y un cuentista de primera línea. Cuidaba y manejaba la palabra – apunta Bosch – como un orfebre trata el material con que está haciendo una joya. Naturalmente, escribía para el lector norteamericano, pero vivía en Cuba, en un lugar llamado San Francisco de Paula, que estaba en las afueras  de La Habana, y quería a Cuba  con verdadero amor. Su obra – dijo Bosch -  es literariamente maravillosa y muy estimulante desde el punto de vista humano (…)”.

Juan Bosch durante su exilio en España  
Poco después de lo de Cayo Confites (1947) sucedieron estos encuentros fugaces entre Hemingway y Bosch. Cuando entraba de lleno  la década de los años 50 del siglo pasado, la vida de Ernest Hemingway entraba en declive, producto de lo maltratado que estaba su organismo, debido a los aparatosos accidentes que sufrió y al abuso del alcohol. Bosch, por su lado, más apegado a la política surgía como una nueva estrella política en América.

Hemingway  ganó el Premio Nobel de Literatura  en 1954 por su obra “El viejo  y el mar”. Bosch ganaría la Presidencia de la República Dominicana un año después de que Hemingway se suicidara (1961) y, Trujillo desaparecía del escenario de los tiranos en América, a los cuales tanto él como Hemingway habían combatido toda su vida.



La Habana, Cuba
Julio de 2008.