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Hostos en Emilio Rodríguez Demoriza

sábado, 14 de enero de 2012

Por Jesús Méndez Jiminián

“Es preciso ver ciertas cosas admirables de la naturaleza para creer en su existencia”.
~ Eugenio María de Hostos (1839-1903)



Posiblemente, al concluir esta primera década del siglo XXI como sentenciara el destacado intelectual puertorriqueño Antonio S. Pedreira, Eugenio María de Hostos sea todavía hoy “un hombre que todos conocen y nadie ha leído”.

Y todo esto, pese a la gran suerte que hemos tenido de que dos grandes figuras de la intelectualidad y la cultura dominicana y universal como Emilio Rodríguez Demorizi y Juan Bosch, hayan dedicado largas horas de existencia, para dar a conocer la vida y obra de este gigante de la educación y del patriotismo antillano.

Las ideas educativas, patrióticas, políticas y éticas de Eugenio María de Hostos, hoy día cobran más vigencia que nunca. Sus aportes innegables en estos campos están ahí. No han podido ser derribados, pese a los “mandarriazos” que sus enemigos, incluidos los de su fe religiosa le han dado a su colosal trabajo educativo e intelectual. ¡Se han mantenido incólumes por más de un siglo!

¿Qué hace falta hoy día para verdaderamente echar a andar las ideas de Hostos en el país? Pues, hace falta entre otras cosas valor, voluntad política, y sobre todo, deshacernos de es a venda de ignorancia y de imposición a que nos someten quienes desde el poder no conocen, o se hacen no conocer tal vez, el verdadero alcance de los postulados hostonianos en sus distintas vertiente. Pero también, hace falta, en lo particular, hurgar en las páginas donde está plasmado el pensamiento hostoniano en toda su dimensión.


Y como señalé al inicio, uno de los verdaderos prohombres dominicanos en dar a conocer la importante obra de Hostos, sobre todo en Santo Domingo, fue don Emilio Rodríguez Demorizi. Esa titánica e invaluable labor de Rodríguez Demorizi a lo largo de varios años tuvo verdadero alcance en todo el país y el resto del continente.

La selección de “Páginas Dominicanas” del Maestro vienen como una compilación del trabajo incansable, desplegado por Rodríguez Demorizi entre los años 1939 y 1942, lo mismo que los dos volúmenes de “Hostos en Santo Domingo”.

Estas dos importantes compilaciones, reitero, realizadas por Rodríguez Demorizi sobre publicaciones del Maestro, posteriormente dieron lugar, varios años después, en 1956 específicamente, a que el diario El Caribe promoviera una encuesta, “aunque viciada”, sobre la influencia de Hostos en la vida dominicana, entre otros aspectos.

Eugenio María de Hostos y Bonilla (11 de enero, 1839 -11 de agosto, 1903) llega por primera vez a la República Dominicana, y lo hace por Puerto Plata, el 30 de mayo de 1875 a bordo del vapor americano Tybee. Procedía de Nueva York. Ya entre 1863 y ese año en que arriba al país, había estado en Madrid, Barcelona, París, New York, Cartagena, Panamá, Callao (Perú), Lima, Valparaíso, Santiago de Chile, y muchísimos lugares más de la patria de Bernardo O´Higgins, y que liberó José de San Martín.

En sus “Notas de viajero en Puerto Plata”, y que aparecen en “Páginas Dominicanas”, escribiría luego Hostos al divisar en las primeras horas de aquel día tierra dominicana, lo siguiente: “En el límite oriental del firmamento estaba el sol (…) El sol era el que ilumina las Antillas: la Antilla que iluminaba era Quisqueya”. Tierra de sus antepasados, pues, produjo como él mismo dijera “a los Bonilla”.

Pero, como dato curioso debemos apuntar aquí, que ya antes, es decir, durante su estancia en Nueva York (31 de octubre de 1869 - 4 de octubre de 1870), Hostos, había publicado en la prensa de esa urbe una serie de artículos dedicados a la República Dominicana. Aparecerían luego, también en Nueva York, el 15 de marzo de 1875, en las páginas del Nuevo Mundo y la América Ilustrada. 
Pocos días después de estar en nuestro país, Hostos, daría a conocer su visión educativa y antillanista a través de las páginas periodísticas de “Las Dos Antillas”; y luego, a través de otros medios fundados y dirigidos por él, de corta duración, como “Las Tres Antillas” (julio de 1875), y “Los Antillanos” aparecido el 12 de agosto y desaparecido el 4 de noviembre de 1875.
Aquellos inicios difíciles y tortuosos de Hostos aquí y sus años de permanencia luego, de tantos azares y vicisitudes en la vida política del país, y donde el Maestro vivió asediado, perseguido, calumniado, vejado y hasta humillado por el autoritarismo retrógrado, ciego y desalmado de quienes detentaron, casi sin excepciones algunas, el poder político, los resumiría don Emilio Rodríguez Demorizi con estas palabras:

Cuando, en 1875, llega por primera vez a la República, pronto ha de entregarse a la angustiosa defensa de los emigrados cubanos y puertorriqueños de Puerto Plata, lo que le arrastra a mezclarse en la llamada Evolución de enero de 1876, que produjo la caída del Presidente González. Y no bien acaba de iniciarse en el magisterio, cuando la certera previsión de una nueva revuelta le induce a dejar el país. Retorna en 1879, y no tarda en presenciar la revolución que derrocó al Presidente Guillermo. Durante la Presidencia de Meriño, de 1880 a 1882, en los primeros tiempos de la Normal, tampoco hay paz, sino a costa de lamentables fusilamientos. Nueva Revolución. Meriño recurre a la dictadura como triste remedio a males peores; dicta el funesto decreto de San Fernando; combate (Meriño, n. de j.m.j.) la frustrada expedición militar de Cesáreo Guillermo, que termina en cadalsos y precipitaciones. En el período presidencial de Woss y Gil de 1884 a 1886, hay dos revoluciones. Al año siguiente se entronizaba la férrea y larga dictadura de Ulises Heureaux y poco antes de ausentarse (Hostos, n. de j.m.j.) para Chile, en 1888, había otra revolución que, como siempre, terminaba con regueros de sangre, descrédito y miseria”.


Así concluye el siglo XIX en la vida política del país, donde Eugenio María de Hostos, pese a todas estas vicisitudes, calamidades y revueltas políticas, contra viento y marea, echa a andar su colosal andamiaje educativo, ético y moral, así como su brillante proyecto político de la unidad antillana, como un “ministro sin portafolio”.
Al referirse a la “ingente obra de Hostos en Santo Domingo”, don Emilio Rodríguez Demorizi en “Hostos en nuestro pasado y nuestro porvenir” apunta con mucha certeza y con una extraordinaria vigencia actual, lo siguiente:

De Hostos debe afirmarse que no ha terminado aún su obra en Santo Domingo, en las Antillas, en el Continente. Su palabra rediviva, por tantos años apagada y dispersa, descenderá otra vez desde su alta cátedra en busca de conciencias. Todavía puede aprovecharse la voz del Sabio. Todavía quedan muchas cosas que él quiso que se hicieran. Todavía la conciencia dominicana no es lo que él quiso que fuese: luz de verdad, de bien y de progreso. En realidad, su vasta empresa, iniciada en tiempos de oscurantismo, y rota aquí por el destierro y luego por la muerte, no deberá aceptarse sino como un punto de partida, desde el cual urge reemprender la jornada hacia el objetivo señalado por él: civilización o muerte”.

Y más adelante anota Rodríguez Demorizi, señalando la clara aspiración política que quiso Hostos de Santo Domingo y de nuestros pueblos, lo siguiente:

Y en esa larga senda que los inertes, los apáticos, los retrasados, los malévolos y egoístas convierten en viacrucis, el Maestro será creciente y poderosa luz, diáfano abrevadero de doctrinas en que ha de fortalecerse el civismo dominicano; sementera de enseñanzas morales para dignificar la educación y forjar ´hombres de razón y de conciencia´; luz, también, que ha de encenderse de nuevo para ser guía de esa inaudita utopía de ayer y de hoy, que será, quizás en no lejanos días, la más alta aspiración política ´que conciencia y razón, deber y verdad, señalan como objetivo final de nuestra vida´ en los pueblos del Caribe: La Confederación de las Antillas. "

El Maestro quería que Santo Domingo- continúa diciendo Rodríguez Demorizi – fuese “la nación generatriz de la gran nacionalidad antillana”. En ella, Santo Domingo tendría el sitial glorioso señalado por el Apóstol. Entonces, en las nuevas islas helénicas, en las islas fraternas, junto a los padres de las pequeñas patrias se alzarían las altas figuras de los padres de la Patria Mayor: Hostos, Betances, Martí, Máximo Gomez, Luperón"; ; y agregamos nosotros: Duarte, Bosch, Manolo Tavárez y Francis Caamaño.

Pero, mientras seamos ayer y hoy indignos hijos de la Patria; mientras pisoteemos el pensamiento y los ideales de nuestros prohombres; mientras desde las alturas del poder nos burlemos del pueblo negándole a nuestros hijos la educación que se merecen (el 4% según la Constitución vigente); mientras los corruptos sigan haciendo de las suyas desde el poder y aquí no pasa nada, entonces estaremos pisoteando no sólo a Hostos y sus paradigmáticas ideas, sino que estamos trillando el indecoroso camino para disolver la Nación que tanto luto, dolor, sangre, lágrimas y sacrificios ha costado construir a nuestros héroes y mártires.

Estoy seguro de que más temprano que tarde “en la tierra que sirve de amorosa sepultura” al Maestro, habrá pronto de iluminar el sol de la verdad y de la justicia. Este nuevo natalicio de Eugenio María de Hostos y Bonilla, debe servirnos a todos los dominicanos, sin excepción, para tomar conciencia de la Patria que realmente queremos construir y hacer prosperar, basada en los ideales del Maestro y de nuestros verdaderos líderes, y levantar así la bandera de lucha y sacrificio que él enarboló con dignidad y gallardía durante toda su vida. Sólo así seremos más dominicanos y dominicanas. He dicho.

El autor es escritor, ingeniero, miembro de la Academia Dominicana de la Historia y de la Cátedra “José Martí” en la UASD.